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Colaboración · Cuaderno Literario nº 6 · Agosto de 2026

El monstruo cotidiano: Joyce Carol Oates y el nuevo gótico americano

Agosto de 2026Cuaderno Literario nº 6

Artículo publicado en Cuaderno Literario sobre Joyce Carol Oates y la transformación del gótico clásico en miedo doméstico, psicológico y contemporáneo.

Ilustración de Joyce Carol Oates para el artículo El monstruo cotidiano
Ilustración publicada junto al artículo en Cuaderno Literario nº 6.
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Este artículo fue publicado originalmente en el número 6 de Cuaderno Literario, en agosto de 2026. En él analizo cómo Joyce Carol Oates trasladó las inquietudes del gótico clásico a los hogares, las relaciones familiares y la mente contemporánea.

El gótico cambia de escenario, pero el miedo permanece

Hubo un tiempo en que el horror habitaba castillos en ruinas, monasterios abandonados y mansiones golpeadas por tormentas interminables. El gótico clásico construyó sus pesadillas entre criptas, sombras y pasillos húmedos donde lo sobrenatural parecía filtrarse lentamente en el mundo de los vivos. Sin embargo, el miedo cambia con cada época. Los monstruos evolucionan. Y también lo hacen los escenarios donde aprendemos a temerlos.

En la obra de Joyce Carol Oates apenas hay vampiros, espectros o maldiciones ancestrales en el sentido tradicional del término. Y, aun así, pocas escritoras contemporáneas han sabido captar con tanta intensidad la esencia del horror moderno. Porque en sus novelas el peligro ya no se esconde en castillos medievales, sino en hogares aparentemente normales, en relaciones humanas corroídas desde dentro, en barrios residenciales, universidades, moteles de carretera o mentes que comienzan a agrietarse lentamente sin que el lector pueda precisar exactamente cuándo empieza la caída.

Quizá ahí resida una de las mayores virtudes de Oates: comprender que el verdadero terror contemporáneo no necesita disfraces sobrenaturales. El monstruo moderno suele tener rostro humano. A veces incluso resulta educado, inteligente o socialmente funcional. Sus novelas están llenas de individuos rotos, obsesivos, depredadores o emocionalmente devastados que convierten la vida cotidiana en un territorio profundamente inquietante. El horror, en su narrativa, rara vez entra desde fuera. Normalmente ya estaba allí.

Ese desplazamiento del gótico clásico hacia un espacio psicológico y cotidiano convierte a Joyce Carol Oates en una figura esencial para entender cómo ha evolucionado el género durante las últimas décadas. Sus historias conservan muchas de las grandes obsesiones del viejo gótico —la identidad fragmentada, la decadencia moral, la culpa, la violencia soterrada, la opresión emocional o la sensación constante de amenaza—, pero trasladadas a una sociedad contemporánea marcada por la alienación, el trauma y la fragilidad psicológica.

Novelas como La hija del sepulturero, Babysitter, Zombie o Riesgos de los viajes en el tiempo muestran personajes atrapados en realidades cada vez más inestables, sometidos a fuerzas sociales, emocionales o mentales que terminan erosionando lentamente su percepción del mundo y de sí mismos. En muchas ocasiones, Oates ni siquiera necesita recurrir a escenas explícitamente violentas para generar incomodidad. Le basta con alterar la atmósfera emocional de sus relatos, introducir una sensación progresiva de amenaza o permitir que el lector intuya que algo profundamente perturbador se oculta bajo la superficie de la normalidad.

De hecho, algunas de sus novelas resultan difíciles de soportar no tanto por lo que muestran, sino por la proximidad emocional de aquello que describen. El lector no siente que observa un horror lejano o imposible, sino algo incómodamente reconocible. Joyce Carol Oates entiende muy bien que pocas cosas producen más inquietud que descubrir hasta qué punto la monstruosidad puede parecer cotidiana.

Además, su aproximación al gótico no se limita únicamente a los temas. También afecta a la propia forma de narrar. Su lenguaje, a menudo fragmentado, obsesivo o nervioso, transmite la sensación de que la realidad comienza a deformarse ante los ojos del lector. Las voces narrativas se vuelven inestables, las estructuras se tensan y el ritmo emocional de las frases parece contagiarse de la ansiedad, el miedo o la paranoia de los personajes. Como ocurría en el mejor gótico clásico, la forma y el contenido terminan contaminándose mutuamente.

«En Joyce Carol Oates el castillo ha desaparecido. Pero el miedo permanece. Solo ha cambiado de lugar».

Pocas autoras contemporáneas han explorado con tanta insistencia las zonas más oscuras de la experiencia humana como Joyce Carol Oates. Nacida en Lockport, Nueva York, en 1938, Joyce Carol Oates publicó su primera novela, With Shuddering Fall —todavía inédita en castellano— en 1964, iniciando una de las trayectorias literarias más extensas, inquietas y difíciles de clasificar de la literatura norteamericana contemporánea.

Desde entonces, su producción no solo ha destacado por su extraordinaria amplitud, sino también por una constante voluntad de experimentación formal y exploración psicológica. A lo largo de décadas, Oates ha construido un universo literario obsesionado con la violencia, la identidad, el deseo, el miedo y las fracturas ocultas bajo la superficie de la sociedad estadounidense.

Aunque resulta difícil encasillarla dentro de un único género, buena parte de su obra dialoga de forma directa con la tradición gótica norteamericana, reformulándola desde una sensibilidad profundamente contemporánea.

Del castillo al suburbio

Si algo distingue a Joyce Carol Oates de otros autores asociados al terror o al suspense psicológico es su capacidad para localizar la inquietud allí donde, en teoría, no debería existir. El viejo gótico necesitaba escenarios excepcionales: fortalezas aisladas, mansiones decadentes, monasterios perdidos entre montañas. Oates, en cambio, sitúa sus historias en espacios que cualquier lector reconoce de inmediato. Casas familiares, calles residenciales, campus universitarios, oficinas, moteles o pequeños pueblos estadounidenses.

No obstante, el mecanismo profundo sigue siendo el mismo.

El gótico siempre ha tratado sobre la irrupción de algo perturbador en un entorno aparentemente estable. Lo que cambia en Oates no es tanto la naturaleza de la amenaza como el decorado donde se manifiesta. Sus personajes habitan una América cotidiana que, observada con suficiente atención, revela grietas inquietantes. Bajo la aparente normalidad de una familia puede esconderse una historia de violencia. Detrás del éxito académico puede ocultarse la obsesión. Tras una vida convencional pueden encontrarse décadas de miedo, humillación o trauma.

En La hija del sepulturero encontramos uno de los mejores ejemplos de este desplazamiento del gótico clásico hacia el ámbito familiar. La novela narra la vida de Rebecca Schwart, hija de inmigrantes judíos huidos del nazismo. Aunque el relato carece de elementos sobrenaturales, toda la historia está atravesada por una sensación de fatalidad heredada, de amenaza permanente y de identidad fracturada. El pasado se comporta como un auténtico fantasma. No aparece envuelto en sábanas ni recorre pasillos durante la noche, pero condiciona cada decisión, cada miedo y cada intento de reconstrucción personal.

Algo similar sucede en El hijo superviviente. Oates vuelve a explorar la transmisión del trauma entre generaciones y la forma en que determinados acontecimientos continúan proyectando su sombra mucho tiempo después de haber ocurrido. El horror ya no procede de una maldición ancestral, sino de las heridas psicológicas que los seres humanos se infligen unos a otros y que terminan convirtiéndose en una herencia invisible.

Incluso cuando la autora se aproxima a territorios más cercanos al gótico tradicional, como ocurre en El legado de Maude Donegal, lo hace desde una sensibilidad contemporánea. La novela recupera algunos elementos reconocibles del género —aislamiento, secretos familiares, atmósferas opresivas y una presencia constante del pasado—, pero los integra dentro de una exploración psicológica mucho más compleja que la del gótico clásico. El misterio sigue siendo importante, aunque nunca tanto como las emociones que genera.

Tal vez por eso las novelas de Oates producen una sensación tan particular. No parece que estemos entrando en un territorio extraño. Al contrario. Sentimos que caminamos por lugares perfectamente conocidos. Y precisamente por eso resultan tan perturbadores. Porque la autora nos obliga a contemplar la posibilidad de que el horror no viva en castillos abandonados, sino en la casa de al lado.

El horror psicológico y humano

Si hubiera que señalar un rasgo que atraviesa gran parte de la obra de Joyce Carol Oates sería su fascinación por la monstruosidad humana.

No la monstruosidad espectacular del asesino cinematográfico o del villano caricaturesco, sino una mucho más incómoda: aquella que surge de impulsos reconocibles, obsesiones cotidianas, deseos de control, frustraciones acumuladas o patologías capaces de desarrollarse silenciosamente dentro de una persona aparentemente normal.

En este sentido, Zombie constituye probablemente uno de los ejemplos más extremos de toda su producción.

Inspirada parcialmente en la figura real de Jeffrey Dahmer, la novela nos introduce en la mente de Quentin P., un depredador sexual obsesionado con crear un ser humano completamente sometido a su voluntad. La experiencia de lectura resulta profundamente perturbadora porque Oates evita convertir al personaje en una criatura monstruosa en el sentido convencional. No lo presenta como una aberración ajena a la condición humana, sino como un individuo que intenta justificar constantemente sus actos, racionalizar sus impulsos y construir una lógica interna para sus crímenes.

El lector permanece atrapado dentro de una conciencia deformada. Pocas novelas ilustran mejor la idea de que el auténtico horror puede residir en la mente humana.

Sin embargo, quizá el caso más representativo del nuevo gótico de Oates sea Babysitter. La novela parte de un contexto histórico real —los asesinatos del conocido como estrangulador de Detroit— para construir una historia donde la amenaza se expande mucho más allá de la figura del criminal. Lo verdaderamente inquietante no es únicamente el asesino que actúa en las sombras, sino el entramado de poder, deseo, manipulación y violencia que atraviesa toda la sociedad retratada.

La protagonista vive atrapada entre las expectativas sociales, las relaciones de poder masculinas, la presión familiar y una atracción progresivamente obsesiva hacia una figura tan seductora como inquietante. A medida que avanza la narración, la realidad parece contaminarse lentamente. Todo se vuelve ambiguo. Los límites entre fascinación y peligro comienzan a difuminarse.

Como lector, pocas veces he encontrado una novela que genere una sensación de incomodidad tan persistente.

No porque Oates busque el impacto fácil ni la violencia gratuita. Al contrario. Lo que resulta difícil de soportar en Babysitter es la sensación de estar observando mecanismos de dominación emocional perfectamente plausibles. El lector comprende que aquello podría suceder. Que, de hecho, sucede.

Por eso algunos lectores abandonan la novela o mantienen con ella una relación ambivalente. No es una lectura cómoda. Tampoco pretende serlo.

Oates incomoda más que asusta. Y quizá ahí radique buena parte de su fuerza literaria.

En sus novelas el miedo rara vez adopta la forma de un sobresalto. Se manifiesta como una sensación progresiva de malestar. Como una sospecha creciente. Como la percepción de que algo esencialmente incorrecto está ocurriendo, aunque nadie parezca dispuesto a reconocerlo.

La violencia, además, suele aparecer integrada dentro de la vida cotidiana. No como una excepción extraordinaria, sino como una posibilidad permanente. Un marido controlador. Un profesor obsesionado. Un vecino inquietante. Un depredador perfectamente integrado en la comunidad. Individuos que continúan funcionando socialmente mientras ocultan zonas oscuras que terminan afectando a quienes los rodean.

«Los monstruos de Oates no necesitan colmillos. Les basta con ser humanos».

El lenguaje como espacio gótico

Existe otro aspecto menos visible, pero igualmente importante, para comprender la relación de Joyce Carol Oates con el gótico contemporáneo.

En Joyce Carol Oates el lenguaje también se convierte en espacio gótico. No se trata únicamente de los temas que aborda, sino de la forma en que los cuenta.

A lo largo de su carrera ha desarrollado una notable capacidad para adaptar la estructura narrativa a los estados mentales de sus personajes. Cuando estos se obsesionan, la prosa parece obsesionarse con ellos. Cuando la realidad comienza a resquebrajarse, el propio relato transmite esa sensación de inestabilidad.

Rey de picas ofrece un magnífico ejemplo de este mecanismo y, probablemente, constituye una de las mejores puertas de entrada para quienes deseen descubrir a la autora. La novela sigue a un prestigioso escritor de éxito cuya identidad comienza a fracturarse cuando una acusación aparentemente absurda desencadena una espiral de paranoia, obsesión y desdoblamiento psicológico. Oates construye una narración donde el lector nunca termina de saber hasta qué punto puede confiar en lo que está leyendo. La realidad parece desplazarse constantemente bajo los pies del protagonista.

El efecto recuerda a algunos de los grandes clásicos del gótico psicológico, pero trasladado al mundo contemporáneo de los medios de comunicación, la fama literaria y las identidades públicas cuidadosamente construidas.

Algo parecido sucede en Riesgos de los viajes en el tiempo.

Bajo la apariencia de una distopía política, la novela desarrolla una inquietante reflexión sobre el control social, la manipulación institucional y la fragilidad de la percepción humana. La protagonista vive atrapada en una realidad que se modifica continuamente, donde los hechos parecen reescribirse y las certezas desaparecen una tras otra.

El resultado genera una sensación de extrañeza profundamente gótica. No porque aparezcan fantasmas. Sino porque la propia realidad deja de comportarse como algo estable.

En ambas novelas puede apreciarse una característica fundamental de Oates: su capacidad para convertir la incertidumbre en una experiencia narrativa. El lector avanza sintiendo que el suelo se mueve bajo sus pies. Que aquello que parecía sólido podría no serlo. Que la verdad quizá resulte inaccesible.

Y esa sensación de inseguridad constituye, precisamente, uno de los motores fundamentales del gótico desde sus orígenes.

Conclusión

Resulta tentador pensar que el gótico pertenece al pasado. Que sus castillos en ruinas, sus pasadizos secretos y sus espectros errantes quedaron atrás junto a una determinada concepción romántica del miedo.

La obra de Joyce Carol Oates demuestra exactamente lo contrario:

El gótico sigue vivo. Simplemente ha aprendido a disfrazarse.

Sus fantasmas adoptan ahora la forma del trauma. Sus monstruos llevan nombres corrientes. Sus castillos son hogares aparentemente normales. Sus maldiciones se transmiten a través de la violencia familiar, la manipulación emocional, la obsesión, el abuso o la herencia psicológica.

El gótico en Oates no depende de lo sobrenatural, sino de una determinada mirada sobre la realidad. Una mirada capaz de detectar la amenaza bajo la superficie de lo cotidiano y de mostrar hasta qué punto la normalidad puede resultar engañosa.

Quizá por eso su literatura continúa siendo tan perturbadora. Porque no nos invita a temer aquello que habita en mundos lejanos, sino aquello que reconocemos en nuestro propio entorno. Sus novelas nos recuerdan que las peores pesadillas rara vez llegan desde fuera. Suelen crecer lentamente en el interior de las personas, de las familias, de las instituciones y de las sociedades.

Al cerrar una novela de Joyce Carol Oates, uno no suele sentirse protegido por la distancia que separa la ficción de la realidad. Más bien ocurre lo contrario. La impresión que permanece es la de haber contemplado una versión ligeramente deformada del mundo real. Lo bastante deformada para inquietarnos. Lo bastante cercana para resultar creíble.

Porque ya no necesitamos castillos embrujados ni fantasmas para sentir miedo. Los monstruos viven entre nosotros. Y, en ocasiones, dentro de nosotros mismos.

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Escribo ciencia ficción, thriller, misterio y novela negra. Historias de personajes enfrentados al poder, al miedo y a sus propias decisiones.

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