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Thriller psicológico / Suspense sobrenatural

Escritor Fantasma

Toda historia reclama a sus víctimas

Luis Ángel Fernández de Betoño

Primer capítulo
12 min de lectura
Modo lectura

Capítulo I

Nota 1.ª

Mi reflejo en el espejo del salón me devuelve una cara que apenas reconozco. No es solo miedo. También hay otra cosa: una necesidad casi obscena de dejar constancia, de fijar las palabras antes de que me ocurra a mí también. Escribo en el portátil porque, por alguna razón que no entiendo, la escritura parece quedar fuera de la maldición. O del castigo. O de lo que demonios esté pasando.

¿Por qué? Ojalá lo supiera.

La gente desaparece. Así, sin más. Un segundo están ahí y al siguiente no queda de ellas ni la sombra. Ni un cuerpo. Ni una prenda. Ni un móvil cayendo al suelo. Nada. Solo un olor extraño, inconfundible, que se desvanece casi enseguida. Entre el aire que queda después de una tormenta de verano y el picor seco del fósforo recién raspado. Ya le he puesto nombre, porque el cerebro necesita domesticar hasta el horror más absurdo: fosforozono.

Ignoro la hora exacta a la que empezó todo, aunque estoy convencido de que, cuando me di cuenta, la carnicería ya llevaba un rato en marcha. La primera vez que noté el olor fue al entrar en el metro. No le di importancia. ¿Cómo iba a dársela? En el metro uno huele de todo: colonia barata, perfume caro, sudor viejo, suavizante, humedad, grasa recalentada. Aquel aroma nuevo solo me pareció eso, una rareza. Extraño, sí. Desagradable, no.

Aquella mañana había entrado en la estación a las siete y veinticinco, como tantas otras. Seis minutos después ya iba en uno de los vagones de la línea tres, rodeado por el repertorio habitual de la vida laboral: caras de resaca, bostezos mal disimulados, ojos clavados en pantallas, auriculares incrustados, cada pasajero encerrado en su burbuja privada. Todo era normal. O eso parecía. La única diferencia era aquel tufillo leve, filtrándose entre el resto de los olores.

Ahora me doy cuenta de que debería haberlo entendido en ese mismo instante. Pero solo ahora. Entonces aún era uno más. Otro tipo de camino a la oficina, medio dormido, pensando en el café de la estación y en la apertura del mercado.

Perdón. Me disperso. Supongo que es una forma de resistirme a ir al centro del asunto. También puede que tenga miedo de escribir la palabra equivocada y que algo, lo que sea, me oiga. Llevo horas comprobando una cosa: si uno piensa demasiado en lo que ocurre, si deja que el pánico lo nombre del todo, la realidad cambia de densidad. Vibra. Se tensa. Se vuelve depredadora. Por eso conviene no apartarse de los hechos.

Bajé del vagón en mi parada, caminé pegado a la derecha del andén y subí la escalera mecánica. Antes de salir, me detuve frente a la máquina de café, como cada mañana. Metí la moneda, pulsé el botón del capuchino y esperé a que el vaso de plástico descendiera con aquel líquido dulzón e infame que, por alguna razón, siempre me ha encantado.

Con el café en la mano me dirigí hacia los últimos escalones. Y entonces empezó. O, mejor dicho, entonces empezó para mí.

La gente gritaba y corría. Al hacerlo, desaparecía.

No había fogonazo, ni humo, ni explosión, ni rastro. Nada que anunciara lo que iba a pasarles. Un paso, dos a lo sumo, un manotazo en el aire, un chillido. Y después, la nada. También desaparecían sus pertenencias más próximas: la ropa, el bolso, el teléfono, el maletín. El único resto era el olor. Ese maldito fosforozono, agudo, limpio, imposible. Me quedé petrificado. Contemplé cómo se esfumaban decenas de personas. Puede que fueran más de cien. No sabría decirlo. Cuando el horror te supera, el cerebro deja de contar.

Entonces la vi.

Una mujer, a pocos metros de mí, quieta en medio del caos, mirando alrededor con la misma expresión de estupor que yo debía de llevar en la cara. Nuestros ojos se cruzaron. No intercambiamos una palabra, pero entendí en su mirada algo decisivo: ella también había advertido el patrón. Los que se dejaban arrastrar por el pánico desaparecían. Los que lograban fingir calma, no.

No sé si lo descubrimos al mismo tiempo o si fui yo quien leyó la idea en su cara. Da igual. Lo importante es que funcionó. Subimos los escalones sin correr. Sin gritar. Con la exacta serenidad impostada de dos actores mediocres que se saben observados por un francotirador.

En el exterior me esperaba una postal del fin del mundo:

Coches sin conductor chocando entre sí. Patinetes eléctricos cruzados sobre la calzada. Bicicletas tiradas. Gente a medio camino de ninguna parte. Llantos sofocados. Alaridos que se cortaban en seco. Y aquel olor, otra vez, más intenso, entrando y saliendo como una marea invisible. Lo entendí enseguida: había que moverse despacio. Con una normalidad obscena. Simulando que nada de aquello merecía una reacción. Es curioso lo rápido que aprende el cuerpo cuando la alternativa es morir. Mis músculos se ralentizaron solos. El aire me entraba justo. Cada gesto parecía calculado por otro.

Descubrí que no era el único. Algunos caminaban con el terror cosido a la cara, pero caminaban. Habían comprendido, igual que yo, la única regla de supervivencia. Reconozco que los diez minutos que tardé en llegar a la oficina fueron los más difíciles de mi vida. Hubo un instante en que estuve a punto de romperme.

Me crucé con un hombre de unos cuarenta años. Llevaba un patinete infantil en cada mano. Se movía como si el peso no fuera de plástico, sino de plomo. Su cara era una mezcla insoportable de rabia, culpa y desesperación.

Nuestras miradas se encontraron.

—He intentado explicárselo, pero no lo han entendido —me dijo con una tranquilidad tan forzada que daba miedo—. ¿Cómo iban a entenderlo? Son demasiado pequeños.

No supe qué contestar. Creo que ni siquiera respiré.

—No puedo más —añadió, tragando saliva—. No lo soporto. Me voy con ellos. Lo siento.

Asentí, no sé si para decirle que lo comprendía o porque me había quedado sin fuerza para hacer otra cosa. Entonces lanzó un alarido que todavía escucho al cerrar los ojos y desapareció delante de mí. De golpe. Sin transición. Sin dejar otra cosa que aquel olor.

Estuve a punto de seguirlo.

Lo digo en serio. Mi mente, aterrada y lúcida al mismo tiempo, intentó convencerme de que todo era un sueño; que disolverme sería despertar; que tal vez detrás de aquella nada me esperaban mis padres, una playa, Dios o cualquier otra estupidez reconfortante. Pero incluso en mitad del espanto supe que era mentira. Jamás me he sentido tan despierto como ahora. Las pesadillas son un género menor comparadas con la realidad.

Noté el chillido subir por mi garganta. Y entonces ocurrió algo que no sé describir sin que suene ridículo.

El mundo vibró.

No es una metáfora. Todo a mi alrededor pareció acelerarse y detenerse a la vez, la realidad se transformó en una membrana tensada al límite. Tuve la certeza física de que, si gritaba, si cedía del todo al miedo, algo se abriría bajo mis pies y me tragaría. Yo también dejaría atrás ese olor y nada más.

Así que me controlé. Seguí andando. Y el mundo, o al menos su superficie, se estabilizó.

No volvió a ser igual, sin embargo. Desde aquel momento mis sentidos cambiaron. La vista se me aguzó, sobre todo en la penumbra. El oído empezó a captar detalles absurdos. El tacto parecía registrar variaciones de temperatura y vibración que antes me habrían pasado inadvertidas. Pero lo más extraño fue otra cosa: una especie de conciencia nueva del equilibrio, del peso del propio cuerpo, de la gravedad tirando de mí, incluso de una orientación secreta que no sabría nombrar.

Cuando crucé la puerta giratoria del edificio de oficinas donde trabajaba, en plena Castellana, sentí una falsa sensación de refugio. Como un náufrago que alcanza una tabla y durante diez segundos decide creer que es una isla.

—Buenos días, señor Antúnez —dijo Enrique, el portero, forzando una sonrisa.

Su aspecto desmentía el saludo. Llevaba la corbata aflojada, la cara desencajada y los labios húmedos de puro nervio.

—Buenos días —respondí.

Lo normal habría sido intercambiar un par de frases sin importancia. No pude. Me limité a dirigirme a los ascensores. El vestíbulo estaba vacío. Ni un cliente, ni una secretaria, ni un repartidor. Nadie.

El ascensor me dejó en la decimocuarta planta. Engel Brokers ocupaba el piso entero. No porque lo necesitáramos de verdad —éramos poco más de veinte—, sino porque un fondo de inversión que juega con dinero ajeno necesita aparentar poder hasta en los metros cuadrados. Despachos amplios, cristal por todas partes, salas de reuniones con tecnología de sobra para impresionar a gente a la que no impresiona nada. Atravesé la puerta de acceso y noté enseguida la ausencia de Sandra, la recepcionista. Siempre llegaba antes que nadie. Su ordenador estaba apagado. Puede parecer una tontería, pero aquel detalle me golpeó más que los coches accidentados de la calle. Sandra no estaba. Y puede que no volviera a estar nunca.

La angustia se me instaló en la garganta cuando confirmé que lo mismo ocurría con casi todos mis compañeros. He visto suficientes películas sobre el apocalipsis como para saber qué clase de mentira cuentan siempre: sobreviven los fuertes, los preparados, los valientes. No es cierto. Sobreviven, al menos al principio, los que consiguen dominar el primer impulso. Los que no se quiebran en el segundo exacto en que el mundo les retira el suelo.

Y por lo visto yo era uno de ellos.

Esa idea no me dio orgullo. Me dio vergüenza. Aun así, decidí seguir vivo.

Recorrí la zona diáfana, bañada por la luz que entraba por la pared acristalada exterior. Miré mi despacho de pasada y seguí adelante, buscando cualquier señal de vida. Nada. Los cubículos, vacíos. Las salas, vacías. El silencio se había adueñado incluso del zumbido habitual de la oficina. Cuando crucé a la parte reservada para los gestores del fondo estrella, la percibí antes de verla.

Primero el olor. Una mezcla de perfume femenino, cosméticos caros y jabón natural. Luego una voz masculina al teléfono, hablando en inglés con tono tenso. Werner. No entendí las palabras, pero sí el miedo detrás de ellas.

La puerta del despacho de Verónica estaba entreabierta. Llamé con suavidad.

Ella levantó la vista.

Allí estaba Verónica Carrillo: cuarenta y seis años, dos hijos, un marido al que yo detestaba sin conocerlo, un cuerpo trabajado con disciplina y una autoridad natural que convertía cualquier estancia en su territorio. Era la mejor gestora de activos de la empresa. Mi jefa de facto. Mi obsesión más o menos secreta.

—Oh —suspiró—. Me alegra que estés bien.

Hasta entonces yo había imaginado que, si lograba llegar a la oficina, bastaría con encontrarla para recuperar algo parecido a la normalidad. Me equivoqué. Verónica no irradiaba su seguridad de siempre. Tenía el rímel ligeramente corrido, el maquillaje cediendo por zonas, las manos temblorosas, la boca seca. Miraba el teléfono desesperada, esperando una respuesta que no llegaba.

Y eso fue lo que más me asustó de toda la mañana. Verónica también tenía miedo.

Colgó. Se puso en pie y avanzó hacia mí con la intención evidente de abrazarme. Antes de que llegara a tocarme, el aire volvió a cambiar. Aquella vibración súbita. Ella también la sintió y se detuvo en seco.

Otra superviviente nata.

Retrocedió dos pasos, se alisó la falda y la blusa y, con ese gesto casi mecánico, recuperó una porción de su compostura habitual.

—Perdón —murmuró—. No debería haber reaccionado así. No consigo contactar con ellos.

Hablaba de su familia. Lo sé. Y, aun así, durante un segundo miserable, sentí celos de unos desaparecidos.

—Seguro que están bien —mentí.

—Eso espero —contestó, sin convicción.

Vi cómo tragaba saliva. La compasión desplazó al egoísmo, o al menos lo arrinconó.

—Voy a hablar con Werner —dijo—. Le pediré la mañana libre. No creo que haya problema, con la de horas que me debe la empresa.

Aquella frase me desconcertó. En dos años nadie había llevado jamás la cuenta de las horas allí dentro. Pero Verónica añadió enseguida, con una media sonrisa cansada:

—Será mejor hacer las cosas bien. No sea que alguien piense que no nos comportamos como es debido. ¿No crees?

Entonces lo entendí. No estaba hablando de recursos humanos. Estaba hablando de la fuerza que nos vigilaba.

—Sí. Mejor no arriesgarse —respondí.

Nos quedamos unos segundos mirándonos. Yo buscaba en sus ojos ambarinos la calma de otras veces. No la encontré.

—Será mejor que empiece a trabajar —dije al final.

Verónica asintió. Se colgó el bolso, se puso la americana gris sobre la blusa marfil y salió. Me alejé hacia mi puesto escuchando el eco de sus tacones sobre el suelo de la oficina vacía.

A medio camino se detuvo.

—Mario.

Me giré. Estaba a más de siete metros, pero podía oír su respiración.

—De verdad me alegra que estés bien. Luego hablamos.

—A mí también —dije.

En cuanto lo solté, comprendí que había sonado mal. Ambiguo. Casi egocéntrico. Tendría que haber añadido «que tú lo estés». Tendría que haber dicho cualquier cosa mejor. Pero el mundo se estaba desintegrando y yo seguía siendo capaz de preocuparme por una torpeza semántica. Supongo que el cerebro se aferra a las miserias conocidas para no mirar de frente a las grandes.

Me senté ante el ordenador y esperé a que arrancara. Pensé que los mercados se habrían ido al infierno, que las bolsas estarían desplomándose con la violencia de un edificio en demolición. No era así. Los gráficos aparecieron lisos, casi inmóviles, con un volumen ridículo. Repasé los principales índices y todos mostraban la misma quietud siniestra. Eso solo podía significar dos cosas. Una: el fenómeno estaba ocurriendo en todo el planeta. Dos: incluso el pánico bursátil parecía estar prohibido. Vender acciones por terror también era una falta castigable.

Llamé a mis padres. Primero al fijo. Luego a los móviles.

Nada. Ni siquiera daban señal.

Entendí lo que eso implicaba. Una hora antes había visto desaparecer a centenares de personas con todo lo que llevaban encima. También los teléfonos. Puede que me hubiera quedado huérfano sin tiempo siquiera para pensarlo.

Tengo veintiséis años. Mis padres eran jóvenes aún. O son jóvenes aún, si de algún modo siguen en alguna parte. Me cuesta escribir en pasado. Me cuesta mucho.

Decidí no detenerme ahí. Abrí canales de noticias. La mayoría habían dejado de emitir y los pocos que seguían en pantalla mostraban presentadores con una capa de maquillaje inútil sobre la cara del pánico. Relleno. Imágenes sin contexto. Nadie se atrevía a nombrar lo que estaba ocurriendo.

Comprendí entonces que no solo nos estaban matando: nos estaban obligando a guardar silencio. Un silencio hipócrita, opresivo, de novela totalitaria. Como si un Gran Hermano omnisciente hubiera bajado del cielo y esta vez pudiera castigar incluso el temblor de una idea.

Intenté convencerme de nuevo de que todo era un sueño. No funcionó. Porque es real.

Es la pura realidad.

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