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Novela Negra, Thriller

Selena

No todos los depredadores son hombres

Luis Ángel Fernández de Betoño

Primer capítulo
8 min de lectura
Modo lectura

Prólogo

París, madrugada del 27 de junio de 2019.

Selena acelera el Ferrari F40 entre las avenidas desiertas de la ciudad. El motor brama furioso y responde con brutalidad con solo acariciar el acelerador. Está nerviosa y desorientada. Únicamente piensa en alejarse. El retrovisor interior le devuelve la imagen de una mujer con el maquillaje corrido y el vestido teñido de sangre. También descubre gotas escarlata por su rostro.

—¡¿Qué has hecho, maldita loca?! —le grita Willy, que acaba de materializarse en el asiento del copiloto—. Te dije que ese tipo era peligroso, que te portaras bien con él.

—Lo siento; el asunto se descontroló y se me fue de las manos.

—¡Que se descontroló! Tan solo tenías que dejar que te follara, joder. ¡Estás como una puta cabra!

—¡¿Tú qué sabrás? ¡Siempre me dejas sola! —le espeta Selena.

—Prefiero no estar en determinados momentos —replica el enano, conciliador—. Detén el vehículo aquí a la derecha. No sabemos adónde nos dirigimos y llamamos demasiado la atención. ¿Qué crees que pasará si nos para la policía y te ven con el vestido lleno de sangre?

Selena estaciona a la derecha en doble fila. No encuentra el botón de emergencia hasta que Willy se lo señala con su mano diminuta.

—Vamos a tranquilizarnos. —El enano se recuesta en el asiento. Le gusta vestir traje negro, camisa blanca y corbata oscura. Apenas levanta un metro del suelo; por eso, sus pies, calzados en unos zapatos marrones, cuelgan en el aire—. Cuéntame qué ha ocurrido ahí dentro.

—Ahora no me apetece hablar de ello.

Las pupilas violeta de Willy estudian a Selena unos segundos. La expresión de su rostro cambia hasta formar una sonrisa. Es un gesto muy habitual en él, que siempre logra tranquilizarla.

—Muy bien, Selen —dice con voz suave—. Analicemos la situación: estamos huyendo de la casa de un supuesto mafioso con un Ferrari de más de un millón de euros que le acabamos de robar. —La joven asiente—. ¿Me vas a decir qué hay aquí dentro? —Señala la bolsa marrón de Armani que se encuentra bajo el asiento.

—Pasta, mucha pasta. No la he contado, pero son un montón de billetes empaquetados. —Selena sonríe, la adrenalina le ha provocado un estado de euforia.

—El asunto empeora. Aparte del cochazo, le hemos sustraído una fortuna. —Willy mira al frente—. ¿Has matado a alguien? —pregunta con la voz quebrada, como si temiera la respuesta.

—No, eso no. Dean está herido y sus matones, inconscientes, pero nada más.

—Joder, Selena. ¿Es grave?

—Supongo que sí. Aunque sobrevivirá.

—Maldita sea. Tienes que aprender a contener tu mal genio. Un día vas a conseguir que nos maten.

—¡Cállate, tú no estabas allí! —protesta Selena—. Desapareces en los peores momentos —insiste ella.

—Ya sabes que no me gusta ver ciertas cosas. —Willy esquiva su mirada.

—Muy hipócrita por tu parte. Sobre todo, porque luego no le haces ascos al dinero.

—No quiero discutir. No hay tiempo. Debemos abandonar la ciudad. Lo primero es llegar al hotel y largarse.

—Tienes razón.

Selena saca el teléfono del bolso. Busca Google Maps y lo enciende. Tiene la dirección de la pensión grabada, pulsa sobre ella y lo coloca en el salpicadero.

Apenas hay tráfico, así que tardan unos veinte minutos en llegar. Da una vuelta a la manzana y no encuentra sitio para estacionar. Decide subirlo a la acera. Lo coloca frente al bordillo y acelera. Los quinientos caballos del salvaje motor del Ferrari rugen con furia.

—Cuidado; vas a despertar a todo el puto barrio —se queja Willy.

—Ya lo sé. No me desconcentres.

Las ruedas vencen el pequeño salto y el deportivo se encarama en la acera de golpe. Los bajos rozan el suelo. Selena, pillada por sorpresa, tarda en frenar y se estampa contra una jardinera de hormigón, reventando el foco izquierdo.

—Joder, como nos pille el tal Dean ese, lo vamos a pasar muy mal —añade Willy.

—¡Que se joda ese cabrón!

Selena se desprende de la peluca morena y deja al descubierto un pelo castaño rapado al tres. También se quita las lentillas azules y la luz de las farolas descubre sus hermosos ojos grises. Abre la bolsa de cuero cargada de billetes y lo introduce todo ahí.

—Vámonos…

—Espera —interviene Willy—. Tenemos que borrar las huellas.

Selena no contesta. Encuentra un trapo en la puerta del conductor y lo pasa por donde recuerda haber posado sus dedos. Abandona el vehículo, cierra la puerta y arroja las llaves a la alcantarilla más cercana. La pensión está dos manzanas más abajo. Se echa la bolsa a la espalda. Se encuentra en el Distrito XIII y las calles están vacías. Siente un escalofrío; el vestido es demasiado corto, camina descalza y lleva una fortuna encima. Introduce la mano derecha en el bolsillo de la chaqueta y palpa el táser que siempre la acompaña. Puede parecer una presa fácil, mas no lo es; el arma eléctrica, sus conocimientos de artes marciales y una explosiva agresividad la convierten en un ser letal. Sobre todo, en los primeros instantes de una pelea, cuando su oponente piensa que tan solo es una jovencita asustada.

Selena sonríe para sus adentros. El recuerdo del dolor que le ha causado al mafioso le produce una agradable euforia. No le importaría que algún incauto tratara de asaltarla en ese momento, aún le queda adrenalina que descargar.

—¿Qué estás pensando? —pregunta Willy, que acaba de alcanzarla y siempre parece adivinar sus pensamientos más oscuros.

—Nada.

—Eso espero. No nos interesa meternos en más líos. Por lo menos, hasta que nos encontremos lejos de París.

Llegan a la pensión sin contratiempos. Selena pulsa el botón de llamada y, tras unos segundos, la puerta se abre. Entra en la recepción. Un hombre oriental que se encuentra detrás del mostrador la mira con ojos adormilados y saluda con un gruñido.

—Prepáreme el check out, por favor —dice Selena en un más que aceptable francés. Mucho mejor, desde luego, que el del asiático.

El hombre asiente y comienza a buscar algo en uno de los cajones. Selena sube a la segunda planta por las escaleras y entra en su habitación. La mayor parte del equipaje está dentro de la valija. Le gusta tenerlo así, por si tiene que salir corriendo.

Entra en el diminuto lavabo, recoge a toda prisa y repite la operación con el armario y los cajones. Coloca un short vaquero, zapatillas, braguitas, una camiseta y un jersey sobre la cama. Arroja el resto dentro de la maleta y la cierra. Se quita la ropa y se mete en la ducha.

El agua tiene un efecto terapéutico. Observa cómo la sangre que aún le cubría el cuerpo desaparece por el desagüe. Realiza una serie de inspiraciones profundas para relajarse y serenarse.

Abandona el baño secándose con una toalla que raspa debido a los cientos de lavados que ha sufrido. Willy se encuentra en la habitación y se gira incómodo al verla desnuda.

—Lo siento —dice—. Pensaba que ya habrías terminado.

—No importa. Ya sabes que me da igual que me veas al natural. —Selena ríe con picardía. Le encanta que Willy sea tan caballero.

—¿Has pensado hacia dónde podemos ir?

—No, esperaba que se te ocurriese a ti. Al fin y al cabo, tú eres el más inteligente de los dos.

—Vamos a contar el dinero antes de tomar una decisión. Pero vístete, por favor.

Selena abre la bolsa de cuero después de ponerse la ropa. Coloca los fajos de billetes sobre la cama. Los hay de cincuenta y de cien. Tarda unos minutos en descubrir que tiene en su poder quinientos treinta y cuatro mil euros.

—Somos ricos, Willy. Con esto no tendré que trabajar en una buena temporada. —Selena no puede ocultar su entusiasmo.

El enano asiente. No obstante, su rostro refleja preocupación. Menos mal que uno de los dos mantiene la cabeza fría.

—Es un regalo envenenado —añade Willy—. Debemos huir del país, o del continente incluso. Ese tal Dean nos va a perseguir sin descanso.

—¿Qué se te ocurre?

—Vayámonos a Niza. Supongo que desde allí podremos montarnos en un ferry que nos lleve a Italia. Y luego volaremos a los Estados Unidos. Debemos desaparecer una buena temporada.

—Sí, buena idea. Desde siempre he querido ir a América. Recorreremos el país entero.

—Pues venga. Pongámonos en marcha. Cuanto antes nos larguemos, mejor.

Selena recoge todo. Utiliza la funda de la almohada para envolver el vestido manchado de sangre y la peluca. Abandona la habitación con la bolsa de cuero colgando de su espalda y arrastra la maleta por las escaleras hasta la planta baja. Willy va por delante, pero no la ayuda; es un fastidio que nunca lo haga.

El recepcionista ha preparado una factura escrita a boli sobre un papel desgastado. La joven paga la cuenta sin apenas mirarla; de todas formas, la caligrafía es un desastre.

Al salir a la calle, le golpea el frescor del amanecer y se le eriza la piel de sus tostadas y bien contorneadas piernas. Camina los escasos cien metros que la separan del parking donde guarda la furgoneta que alquiló hace tres días en Hendaya con un pasaporte falso.

Al final, la campaña parisina ha sido corta, intensa y productiva. Muy productiva.

Minutos más tarde abandona el aparcamiento y, siguiendo las indicaciones del GPS, se dirige hacia la Costa Azul francesa.

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