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Ciencia Ficcion, Thriller policiaco

Las Colonias del Sistema Solar: Theia

El verdadero reto no es llegar más lejos... sino decidir quién merece hacerlo.

Luis Ángel Fernández de Betoño

Primer capítulo
14 min de lectura
Modo lectura

Capítulo 1

Lo primero que escuchó fue el rumor del agua cayendo por la cascada, pero lo que realmente le despertó fue la música instrumental que subía poco a poco de intensidad hasta superar en decibelios al sonido provocado por el líquido elemento. Al tratar de comprender lo que ocurría, Gael Paulsen se percató de que no podía existir ninguna cascada; de hecho, ni siquiera había visto una real, solo en películas y hologramas. Lo mismo ocurría con el aroma a hierba mojada por el rocío y con ese color anaranjado que ahora inundaba su camarote y que simulaba el alba terrícola.

Su mente divagaba en cuestiones intrascendentes mientras abandonaba los dominios de Morfeo, para incorporarse al mundo supuestamente real. Sinceramente, le daba igual cómo fuera un amanecer en la Tierra. Él era un colono de tercera generación. Nunca había pisado ese planeta enfermo y contaminado, origen de la humanidad. No es que descartara la posibilidad de visitarlo algún día, pero de momento no tenía prisa alguna.

La sensual voz de Atenea, programada para ser más dulce y cariñosa en estos momentos, dijo:

—Buenos días, capitán, son las 7 de la mañana hora GTM del nueve de julio de 2373. Todos los sistemas funcionan correctamente. Nos aproximamos a Titán según lo previsto; tiempo estimado de llegada, 78 horas.

—Buenos días, cariño —contestó Gael—. Por favor, dile a Perkins que me prepare el desayuno.

—Eso está hecho, capitán. Según el análisis biomédico debes desayunar 300 g de hidratos de carbono, 100 g de…

—¡De acuerdo, de acuerdo! —interrumpió Gael—. ¡Prepara lo que quieras, me lo comeré!

—De todas formas, capitán, me veo en la obligación de preguntarte si hoy vas a realizar ejercicio, y en el caso de que la respuesta sea afirmativa, me indiques qué tipo de ejercicio para poder elaborar con mejor…

—¡Bicicleta, Atenea! ¡Una hora y media! Pienso subir un puerto, uno de los duros, en los Pirineos.

En estos momentos era cuando Gael pensaba que los sacrificios que los colonos espaciales tenían que hacer para conseguir su longevidad eran demasiados: ser tratados como niños por computadoras estúpidas, un riguroso control de la dieta basado en las necesidades del individuo, ejercicio diario y cada dos años someterse a un tratamiento renovador de células en una cabina regeneradora.

Comenzó a vestirse con el nanotraje del día anterior. No lo había lavado, pero daba igual, en este viaje no llevaba pasajeros, así que estaba solo en la nave. Consistía en un mono completo que se ponía de los pies al cuello y se ajustaba por delante con un cierre invisible al ojo humano compuesto por nanobots. En realidad, todo el traje estaba hecho con estas diminutas máquinas.

Sintió cómo su cuerpo aumentaba de peso. Su nave de 50 metros de diámetro solo conseguía simular la gravedad terrestre en un 75%, así que los gravitones del nanotraje ajustaban automáticamente la gravedad. La falta de ella era uno de los mayores enemigos de los viajeros espaciales, por la pérdida de masa muscular que provocaba. Después de colocarse la diadema mental y su UA (Unidad de Antebrazo), se dirigió al piso inferior, al comedor. Allí vio a Perkins con el desayuno, le saludó con una palmadita en la espalda metálica y se sentó a comer.

—Espero que el desayuno sea de tu agrado —se escuchó la voz de Atenea a través de los altavoces.

—Muy rico, cariño. ¿Puedes llevarte a Perkins a la cocina o donde quieras? Ya sabes que no me gusta cómo me mira.

El avaboot se retiró y desapareció tras la puerta del comedor, que se abrió y cerró automáticamente. No sabía muy bien por qué ese aparato le caía mal. Era un avaboot de última generación y le había costado un dineral. Se podía manejar a distancia por una computadora compleja o por un ser humano que utilizara una diadema mental y unos nanoguantes. Eran usados para los paseos espaciales por los pilotos. Así evitaban salir de la nave y quedar expuestos a los peligros del espacio. Los ordenadores navegante (como Atenea) lo manipulaban para el mantenimiento sencillo: limpieza, preparación de comidas, etc.

—¿Sabes, mi amor?

—Dime, capitán —contestó Atenea.

—Te falta poco para ser la mujer perfecta.

Le gustaba poner a prueba el complicado software de Atenea. Todo el mundo sabía que por muy complicadas y resolutivas que fueran las computadoras, no eran realmente inteligentes, puesto que nunca podrían tener conciencia de sí mismas. En el año 2098 se llegó a esa conclusión, gracias a una nueva rama de la ciencia llamada Biofísica. Se descubrió que la materia orgánica, cuando se une para formar organismos complejos, genera una energía que circula por todo el cuerpo, creando eso que llamamos conciencia. Algunos dijeron que la ciencia había descubierto el alma (y tal vez tuvieran razón). Esto provocó una ampliación de las creencias místicas, con el consiguiente aumento del poder de las grandes religiones y la proliferación de sectas, algo que resultó nefasto para el planeta.

—¿Cómo podría mejorar, capitán? —preguntó Atenea sacándolo de sus recuerdos de las clases de historia del instituto.

—¿Puedes practicar sexo conmigo? Llevo un mes de abstinencia.

La máquina se demoró casi un segundo en contestar, prueba de que su programación buscaba soluciones a algo que le era imposible realizar.

—Lo siento, capitán, pero no puedo. Sin embargo, puedo sugerirte el visionado de estos hologramas —dijo Atenea mientras proyectaba sobre el comedor las imágenes de tres impresionantes mujeres bailando con ropa sugerente.

Gael contempló la escena divertido mientras terminaba el desayuno. Luego se dirigió de nuevo a la parte superior donde se encontraba la cabina de mando.

Sentado en el asiento del capitán, contempló el espacio. Se trataba del único lugar de la nave donde había una ventana. Los cinco metros de largo por dos de alto eran suficientes para admirar la grandeza del espacio exterior. Sintió un escalofrío al darse cuenta de lo diminuto de su tamaño y del de su nave. Era muy poco lo que le separaba del frío espacial y de una muerte instantánea. No obstante, estaba convencido de que no existía ningún problema, Atenea revisaba cada segundo el funcionamiento de cada componente de la astronave, solo que las rutinas adquiridas en el ejército le empujaban a realizar él mismo una revisión general.

Empezó por los discos gravitacionales. El de gravedad positiva giraba en sentido contrario al de gravedad negativa, que se colocaba debajo. Esto inducía la gravedad artificial de la que disfrutaban los viajeros espaciales y los habitantes de las gigantescas estaciones, donde vivían los colonos. También se generaban dos fuerzas residuales (que eran de suma importancia en el espacio): la antigravedad y un campo magnético. Estas fuerzas, dirigidas por superconductores, generaban un escudo alrededor de la nave, capaz de repeler tanto a pequeños meteoritos como a la peligrosa radiación cósmica.

Los paneles solares absorbían la energía de la estrella y era más que suficiente para alimentar todos los instrumentos. Ese era uno de los motivos del éxito de las colonias espaciales: energía gratis e ilimitada. Los motores, en cambio, funcionaban con helio 3, que al principio se extraía de la Luna. Pero era muy costoso, había que remover y triturar el regolito lunar. Después, con la mejora de los viajes espaciales, comenzó a extraerse de la atmósfera de Saturno, de forma mucho más barata y eficiente. Ese había sido el motivo del éxito de la Estación Titán, la gran colonia espacial anclada gravitacionalmente al satélite.

Los recuerdos se apoderaron de él… hijo de una madre soltera a la que le habían dado permiso para inseminarse (algo nada extraño en los tiempos que corrían). Pasó su infancia en la Estación Titán. Allí le enseñaron el orgullo de ser colono espacial y la suerte que había tenido de que sus antepasados abandonaran el planeta madre para conquistar el Sistema Solar. Justamente aquellos colonos iniciales a los que sus contemporáneos llamaron locos y que sufrieron incontables pérdidas provocadas por accidentes y enfermedades derivadas de la falta de gravedad y de la radiación cósmica. Sin embargo, en una demostración práctica de que el ingenio y la voluntad humana no tienen límites, conquistaron primero la Luna, en busca del helio 3, después las lunas de Saturno y más tarde los satélites Ganimedes y Europa de Júpiter.

Los grandes beneficios que generó la extracción de helio 3 y la urgencia de conquistar un espacio habitable en la negrura del universo, así como la necesidad del transporte de combustible y alimentos para los trabajadores de las estaciones, se tradujo en un desarrollo tecnológico sin precedentes. Entre los años 2090 y 2200 la física y la ingeniería trabajaron de la mano, llegando a inventarse el motor de plasma de helio 3. El descubrimiento de los gravitones dio paso al motor antigravitacional y a la gravedad artificial.

También aprendieron a fabricar en gravedad cero y se dieron cuenta de que en el espacio no existen los problemas del peso de las estructuras ni los de almacenamiento. Con el uso de los avaboots manejados a distancia por los obreros desde la estación y ayudados de gigantescas impresoras 3D, la construcción de naves espaciales y gigantescas estructuras circulares (que sirven para crear las estaciones espaciales a modo de panel de abejas, hogar de la mayoría de los colonos), es relativamente sencilla. La «fabricación en vacío» (como se denominó en su momento), impulsó la aparición de gigantescos consorcios industriales, que proporcionaron empleo de gran calidad a millones de personas.

En los primeros tiempos la falta de mano de obra (la idea de irse a vivir al espacio no resultaba demasiado sugerente al principio) obligó a las empresas a ofrecer unas condiciones laborales extremadamente ventajosas: excelentes salarios, dos meses de vacaciones, jornadas de seis horas cinco días a la semana… por no hablar de los seguros médicos y de diversos planes de pensiones. Todo ello derivó en que los colonos terminaran disfrutando de un excelente nivel de vida, con un índice de longevidad superior a los 150 años, lo que indujo a un férreo control de la natalidad y a una política migratoria extremadamente restrictiva, que no hizo más que aumentar las tensiones con la Tierra.

Todo eso no hubiera sido posible sin el descubrimiento de materiales exóticos en los nuevos mundos y en el Cinturón de Asteroides. Las cooperativas mineras se instalaron en el planetoide Ceres. Sin embargo, fueron una fuente permanente de conflictos; tras la construcción del puerto espacial de Ceres, los mineros se agruparon en hermandades que buscaban en los asteroides los metales raros. Las grandes empresas mineras se enfurecieron y reclamaron derechos de explotación ante las autoridades terrícolas y de las colonias.

El carácter cooperativo y sindical de los mineros provocó que, entre los colonos, se forjara un ambiente de simpatía hacia ellos. Lograron la independencia del planetoide pese a la gran anarquía que reinó en aquellos tiempos y que ellos se autogestionaran. Esto creó un desgobierno en el cinturón que comenzó con mineros armados para defender sus propiedades y derivó en una terrible inseguridad. Nacieron entonces los piratas espaciales, que empezaron realizando tímidos asaltos a las naves de carga de las empresas mineras. La respuesta de estas no se hizo esperar, armando sus vehículos y contratando mercenarios, así que en algunos momentos llegó a parecer una guerra abierta entre compañías y hermandades. Esto puso en peligro el comercio en el Sistema Solar pero los colonos, acostumbrados a hacer de la necesidad virtud, crearon la Federación, liderada por Titán. Y lo más importante, una Flota Estelar con el mandato de defender las rutas comerciales, que creció y se fortaleció, manteniendo a los piratas a raya dentro del cinturón.

Luego comenzaron los conflictos con los países que lideraban la Tierra que cada vez exigían más impuestos a través de la ONU. Cuando el 9 de noviembre de 2205, la Federación, junto con Marte, se declaró soberana y se independizó de la Tierra, a los terrícolas no les quedó más que el derecho al pataleo (salvo alguna escaramuza aislada en la Luna, que dejó una zona terrícola y otra colonial). Ya que nada podían hacer contra el poderío de la Flota Estelar, ese fue el comienzo oficial de la decadencia del contaminado y superpoblado planeta.

Marte, en cambio, fue un caso aparte. Aunque se unió en la lucha contra la Tierra por la independencia de la Federación de Colonias Espaciales, nunca quiso formar parte de la Confederación. Mantuvieron sus habitantes que habían dejado de pertenecer a la especie humana hacía mucho tiempo, ahora eran marcianos.

Las primeras personas que llegaron al planeta rojo lo hicieron en el 2031, para quedarse. No había vuelta atrás, no era una expedición científica sino un «reality» de televisión. Lo que en un principio parecía una locura mantuvo durante años a millones de personas pegadas al televisor. Cada dos años mandaban nuevos participantes a Marte. A los seis meses de que la primera mujer pisara el planeta rojo, los cuatro pioneros descubrieron la primera prueba de vida extraterrestre en forma de fósiles. Los organismos complejos petrificados durante millones de años no dejaban lugar a dudas. Marte, en un pasado remoto, había sido un planeta similar a la Tierra. Unos meses después, en los tanques de agua marciana que extraían del subsuelo y del leve rocío, aparecieron los primeros microorganismos vivos. Aunque la élite científica terrícola (en gran parte porque los pioneros eran, como mucho, científicos aficionados) se negó a admitir que fueran originarios de Marte, argumentando que tenía que ser contaminación terrícola.

El gran descubrimiento marciano se demoró seis años más, cuando dos de los diez individuos que a duras penas sobrevivían en la superficie del planeta, hallaron una de las cavernas. Eso fue después de la muerte de dos de sus componentes, debido a las durísimas condiciones de vida. Más tarde se descubrieron cientos de ellas. Millones de personas contemplaron, casi en directo —debido a la diferencia que tarda la luz en recorrer la distancia que separa los planetas—, cómo aquellos dos pioneros, la primera mujer en pisar el planeta (Ágata, la gran heroína marciana) y su pareja, tras introducirse casi dos kilómetros en el interior de la corteza rocosa, encontraron el primer lago alienígena.

Estaba rodeado de vegetación luminiscente, lo mismo que las paredes de la gruta, impregnada con hongos que emitían esa extraña luz típica de las cuevas marcianas. También filmaron los primeros peces extraterrestres, que días después pescaron y saborearon. El grupo se trasladó al interior de la gruta y sus condiciones de vida mejoraron sustancialmente. Los ingresos de la cadena de televisión se dispararon, así como el interés de los terrícolas por visitar su planeta vecino. Las grandes superpotencias comenzaron a enviar expediciones, incluso se comenzó a desarrollar de verdad el turismo espacial. Pero fue la cadena de televisión la primera que llegó, tenía el «know who», que se negó a compartir, especialmente porque los pioneros descubrieron el oro marciano —que después pasó a llamarse «oro rojo»— y se puso de moda entre las élites terrícolas, que pagaban auténticas fortunas por él.

Se iniciaron los viajes de ida y vuelta entre los dos planetas. Debido al desarrollo de una floreciente industria minera en Marte, que comenzó con el oro rojo, pero al que rápidamente siguieron otros muchos metales y minerales inexistentes en la Tierra (destacó el hierro marciano). Aunque esto no impidió que el espíritu de los viajeros fuera el de ir para quedarse. Las cavernas del planeta comenzaron a poblarse antes de la aparición de los nanotrajes y de la gravedad artificial. Los recién llegados sufrieron los efectos de la menor gravedad y de la radiación cósmica, debido a que el campo magnético de Marte es demasiado débil. Los cuerpos de los pioneros comenzaron a adaptarse al nuevo medio, a una velocidad que sorprendió a los científicos, perdiendo masa muscular y desarrollando resistencia a la radiación. La mayoría de los llegados murieron muy jóvenes, pero en los primeros bebés nacidos en el nuevo mundo ya comenzaron a verse las primeras mutaciones adaptativas.

Trescientos años después parecen una especie diferente. Ninguno sobrepasa el metro sesenta de altura, su piel es de una tonalidad rojiza; la vida en el subsuelo les ha hecho desarrollar unos ojos enormes de unas extrañas tonalidades. En general, tienen un cuerpo ligero y estilizado, a pesar de su baja estatura. Su carácter suele ser difícil. Son extremadamente nacionalistas y se sienten orgullosos de ser marcianos; siempre mantuvieron una relación complicada con la Federación, lo que se tradujo en la primera gran crisis del Sistema Solar, que derivó en una gran batalla espacial a las puertas de Titán.

Gael pensó en las marcianas, le parecían tremendamente atractivas y había mantenido relaciones con alguna de ellas, aunque para qué iba a engañarse, sobre todo pensaba en Sonja…

—¿Por qué tuvo que terminar todo tan mal? —pensó.

—Mal es poco —dijo en voz alta—, rematadamente mal.

—No es nada, Atenea —dijo antes de que la computadora pudiera preguntar.

Reprimiendo un nudo en la garganta, se sentó encima de la bicicleta magnética. Tras colocarse las gafas de realidad virtual, programó mentalmente la bici utilizando la diadema y se dispuso a subir uno de los puertos más duros de los Pirineos terrícolas. Comenzó a pedalear huyendo de un pasado de gloria y tristeza…

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Primer capítulo: Las Colonias del Sistema Solar: Theia | Luis Ángel Fernández de Betoño