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Ciencia Ficcion, Accion y Aventura

El ascenso del Duque

¿Puede un grupo de renegados cambiar el destino del Sistema Solar?

Luis Ángel Fernández de Betoño

Primer capítulo
17 min de lectura
Modo lectura

1

Wang Lee calculó que llevaba veintinueve horas sin dormir. Apoyado en la mesa, con una humeante taza entre sus manos, contemplaba por enésima vez su imagen en el noticiario, todavía vestido con el traje espacial, dando las primeras explicaciones a la prensa.

—¿Entonces no descartan la opción de un atentado? —preguntaba la periodista.

—No podemos descartar ninguna opción, pero aún es demasiado pronto… debemos reunir las piezas. Les aseguro, como jefe de seguridad de la colonia, que he puesto todo el personal a mi cargo a trabajar. He cancelado permisos y no pararemos hasta averiguar lo que ha sucedido.

—¿Hasta cuándo seguirá la interrupción del servicio de transporte público?

—Siento no poder contestarle a esa pregunta y quiero pedir disculpas a los ciudadanos por las molestias que les vamos a ocasionar, pero espero que comprendan que la seguridad es lo primero. Debemos asegurarnos de que no existe riesgo…

—¿Qué pasa con los colonos que aún siguen en la zona terrícola?

—Están siendo evacuados por efectivos de la Flota Federal, utilizando vehículos anti-gravitacionales de transporte de tropas.

—¿Tienen ya el número de víctimas?

—No tengo el dato exacto, pero… —Wang titubeó y, tras una pausa, decidió dar una cifra aproximada—. Son demasiadas… centenares.

Terminó de ver su declaración mientras daba sorbos a la crema que le había preparado la cocina automatizada del centro de mando. Después, aparecieron imágenes aéreas de la catástrofe: los vagones esparcidos por la superficie, algunos de ellos partidos en varios pedazos. Por suerte, el polvo lunar ocultaba los cadáveres. También se observaban trozos de la destrozada cúpula transparente dentro de la cual viajaba el tren.

Wang Lee se sintió invadido por la ira. Estaba seguro de que había sido un atentado. Había estado allí y no necesitaba analizar las pruebas para saberlo. Apostaba por un suicida; probablemente, un terrícola. Los odiaba. Crecían como ratas en ese infecto planeta. Su trabajo como agente del Centro de Inteligencia Federal le había obligado a visitarlo en multitud de ocasiones. También había contratado mercenarios terrícolas y ellos eran, en parte, los culpables de que le hubieran forzado a dimitir de su antiguo cargo como Director General del CIF cuando Owen Jeringan y su grupo de traidores, Los 10.000, descubrieron en el Cinturón de Asteroides la «Singularidad», el objeto capaz de impulsar una nave a velocidades relativistas. Decidieron construir una cosmonave para llenarla de terrícolas y enviarlos al planeta Theia, un gemelo de la Tierra. Él trató de impedirlo y para ello contrató a su agente más competente, un mercenario terrícola, junto con unos piratas de Ceres. Pero algo falló y era la razón por la cual perdió su puesto como máximo responsable del CIF.

La agente Sonna Washington entró en el centro de mando. Ella tampoco había dormido. Observó a su jefe apoyado en la mesa, meditabundo. Al sentir su presencia, se giró.

—Una noche larga. ¿Está usted bien, señor? —preguntó la agente.

Wang observó a su subordinada. En su rostro se reflejaba el cansancio; ni el negro tono de su piel lograba disimular unas profundas ojeras. Era una mujer alta, musculosa, de movimientos enérgicos y seguros. La melena le rozaba los hombros. La semana pasada había cumplido los cuarenta y cinco, pero, como todos los colonos, gracias a la medicina regeneradora, aparentaba muchos menos, puede que veinticinco. Había estado con él en la superficie recogiendo pruebas junto con el equipo forense. Le caía bien. Ella también odiaba a los terrícolas y coincidían en sus ideas políticas. De vez en cuando, solían salir a tomar unas copas. Wang la consideraba una amiga. También había valorado la posibilidad de acostarse con ella, pero dudaba de que Sonna aceptase. Él era más bajito y estaba convencido de que no era su tipo. Además, estaba su relación laboral. Sabía que no sería ni conveniente ni procedente.

—Parece ser que usted estaba en lo cierto —continuó Washington en vista que Wang solo le contestaba con una mueca—. El equipo forense cree haber encontrado restos de explosivos.

—¿Y el ADN?

—Están en ello, pero eso nos va a llevar bastante más tiempo.

—Enviaré un mensaje a la Estación Titán y pediré refuerzos.

—Señor… —a Sonna se le atragantó la frase. Ahora hablaba más como amiga—. ¿Cómo nos han podido hacer esto?

—Nos odian, Washington —sentenció Wang—. Ellos nos culpan de todo lo que les pasa. Te aseguro que ese planeta es una mierda, y sabes que hablo con conocimiento de causa. Yo he estado allí varias veces, y no en las zonas turísticas precisamente. Pero estoy seguro de que les han tenido que ayudar y ha tenido que ser alguien del espacio.

—¿Los selenitas-terrícolas, tal vez?

—Es posible, pero lo dudo. Tenemos muchos espías allí, estoy convencido de que nos habríamos enterado antes. Mis sospechas se dirigen hacia los mineros del Cinturón. Sabemos que tienen tratos con los terrícolas, sobre todo con el tráfico de esclavos.

—Sí, y nosotros les dejamos hacer. Tenemos que reconocer que nos interesa que obtengan mano de obra para que puedan extraer los minerales que les compramos.

Sonna puso cara de circunstancias.

—Agente, no se me ponga sensiblera. ¿Qué pretende que hagamos? Eso no nos incumbe. Lo que ocurra fuera de La Federación no es cosa nuestra. Nosotros simplemente comerciamos con ellos.

—Lo sé, señor. Solamente intentaba meterme en la mente del enemigo —Sonna sonrió y su expresión le dijo a Wang que estaban en el mismo bando—. ¿Y los marcianos? No iba a ser la primera vez —añadió cambiando de tema.

—Sí, ya nos atacaron una vez… —Wang dudaba—, pero… no lo creo. No sabría explicarle por qué, pero mi instinto me hace sospechar de los cerianos…

✦ ✦ ✦

Víctor caminaba dentro del recinto. A su lado estaba Lara, siempre vigilante. Sus enormes ojos verdes, que resaltaban en su rapada cabeza, escrutaban el entorno a su alrededor. En su pierna derecha portaba una pistola láser y mantenía su mano cerca del arma. Llevaba puestas las holo-gafas y había activado el programa de defensa. Parecía un leopardo olfateando una presa.

Detrás de ellos, a unos cinco metros, los escoltaban dos milicianos con el uniforme-armadura que Kent había diseñado para los soldados que ellos mismos habían entrenado. Negro en su mayoría, con los refuerzos de nano-kevlar integrados protegiendo las zonas vitales, tenían unas bandas verde oscuro en los hombros, puños y articulaciones. El casco, negro también, dejaba al descubierto el rostro. De su interior, se podía desplegar una pantalla que cubría hasta la nariz y servía para dar órdenes tácticas al soldado. El aspecto impresionaba. Era la primera vez en la historia del Cinturón de Asteroides que algo parecido a un ejército paseaba por Ceres, el planetoide que hacía de capital del anárquico hogar de los mineros. En el brazo izquierdo, a la altura del bíceps, mostraban el escudo del «Duque»: sobre una D blanca, el planetoide Ceres en azul, rodeado por unos puntos rojos de diferente tamaño que formaban una elipse, lo mismo que las banderas ondeantes de las entradas de las instalaciones que utilizaban corrientes de aire artificiales. Una verja metálica de cuatro metros de alto protegía el recinto. El edificio estaba excavado en la roca. En total, abarcaba casi seis mil metros cuadrados. Poseía una inmensa cocina, comedor, campos de entrenamiento, oficinas, camaretas para el descanso de la tropa, salas de recreo, armería, apartamentos, laboratorios de investigación… También estaba dotado con gravedad artificial, un lujo extraño en el planetoide.

—Tranquila, Lara. Estás muy tensa. Tenemos a los soldados. Se han desplegado correctamente. Debemos confiar en ellos —Víctor hablaba a su subordinada con seguridad mientras sus ojos expertos observaban a los francotiradores que estaban apostados en el falso techo que sobresalía de la roca.

—Lo sé, jefe —contestó ella, enfundada en el ajustado uniforme con galones de comandante que marcaba cada centímetro de su fibrosa anatomía—. Pero nunca han entrado en combate y nuestra relación con los mineros es cada vez más tensa. No entiendo por qué hemos dejado a los mercenarios en el asteroide…

Lara sintió la fulminante mirada de Víctor. Al instante se arrepintió del comentario: sabía que no debía cuestionarlo y, mucho menos, en público. Por el rabillo del ojo pudo ver que, por fortuna, los dos soldados estaban a la suficiente distancia para no haber oído el comentario. Eso jugaba a su favor.

—Lo siento, jefe —continuó bajando la voz hasta convertirla en un susurro—. No es que te cuestione. Simplemente estoy preocupada.

La discreta sonrisa del Duque sirvió para zanjar el asunto. Se acercaron al púlpito. Allí se encontraba Rudolf, flanqueado por dos soldados a cada lado. En su caso, el uniforme de oficial a duras penas lograba contener el metro setenta de su musculoso cuerpo de jabalí. Giró la enorme y cuadrada cabeza hacia su jefe y, con un leve e imperceptible gesto, comunicó que todo estaba en orden.

Cuando Víctor subió, pudo contemplar la escena en su totalidad desde su posición elevada: al fondo, una multitud de desgraciados se acercaba atraída por los mensajes que los potentes altavoces llevaban horas emitiendo. Prometían comida y un futuro mejor para todos de la mano del Duque y su partido político, el Partido Cerenita Libertario. Los setenta y cinco milicianos estaban correctamente desplegados. Cada uno portaba un fusil láser de asalto y una pistola amarrada a su pierna derecha. Los auxiliares se encontraban en sus puestos. Habían dispuesto un entramado de vallas portátiles y mesas con la idea de distribuir, clasificar, entregar propaganda, comida y artículos de primera necesidad a la miserable población que habitaba el planetoide. Víctor apagó las grabaciones y comenzó a hablar:

—¡Ciudadanos de Ceres! ¡Cerenitas! ¡Sí, he dicho cerenitas! ¡Se acabó eso de cerianos! —El poderoso sistema de megafonía potenció la voz de Víctor acallando a las masas—. Soy El Duque. Muchos habéis oído hablar de mí. Desconozco qué os han contado, pero esta es la verdad: he venido para devolver el orgullo y la libertad a Ceres.

Estas instalaciones que hoy inauguramos… son vuestras. Servirán de apoyo al pueblo. Aquí se gestará una nueva generación de cerenitas que hará temblar al Sistema Solar. ¡Los demás tendrán que escucharnos, respetarnos…! —Una luz azul en el tablero del atril le indicó que hiciera una pausa. Segundos después, el público comenzó a rugir y a aplaudir entregado—. ¡Ciudadanos de Ceria! Yo soy vuestra salvación. Me pongo humildemente a vuestro servicio para devolveros la dignidad perdida. Sed bienvenidos. Aquí encontrareis comida, medicinas, refugio…

Los vítores y aplausos le obligaron a interrumpir el discurso. Ordenó a sus hombres que empezaran con la distribución y la masa comenzó a serpentear por el laberinto de vallas.

Minutos más tarde entraba en el centro de mando, seguido por Lara. Kent, la inteligencia artificial, lo esperaba junto al Doctor Nicanor Arser. La bio-unidad ahora estaba integrada en un moderno avaboot que le daba libertad absoluta de movimientos. Víctor pensó que tal vez era mejor cuando se encontraba encerrada en aquel maletín, sin posibilidad de desplazarse, y dependiendo de que la alimentaran con ese preparado de glucosa que necesitaba su parte biológica. Pero el ser le estaba resultando muy útil. Gracias a sus consejos e ideas, había logrado hacerse con el mercado negro de casi todo el Cinturón de Asteroides. También le había prometido que, en pocos años, lo convertiría en el Presidente de todo el Cinturón. De hecho, las instalaciones que hoy inauguraban eran el primer paso.

—Saludos, Duque —comenzó diciendo el robot—. Ya ha comenzado y el azar ha querido que sea hoy el día de la inauguración.

—¿A qué te refieres? —preguntó Víctor.

Sí Kent hubiese podido sonreír, seguro que lo habría hecho satisfecho. Activó la consola de mandos y diversos hologramas rodearon la ovalada mesa central. En todos ellos daban la misma noticia: la explosión del magneto-tren que unía las dos colonias lunares con una gran cantidad de colonos muertos. También vio al asiático, aquel agente colono (de nombre en clave Oskar) al que contrató para robar la «Singularidad», la razón de que él estuviese allí en ese momento.

—Wang Lee, director de seguridad de la colonia —leyó Víctor en voz alta.

Los cuatro se miraron. El rostro del Doctor Arser mostraba una clara contrariedad. Él era un colono, aunque ahora estuviese en otro bando. De alguna forma, era responsable de la muerte de centenares de compatriotas.

—¡Dejadnos solos! —ordenó Víctor.

Una vez que Lara y Nicanor Arser abandonaron la estancia, Kent rompió el silencio con su grave y siniestra voz. Lejos quedaban aquellos años en los que usaba un tono infantil.

—Todo está saliendo perfecto, amigo Víctor. Tu hombre en la Tierra ha realizado un trabajo excelente. Wang Lee pronto descubrirá de dónde vino el terrorista suicida y atará cabos. El virus que introdujimos en sus satélites de comunicaciones no solo me permite conocer los mensajes entre la Luna y la estación Titán. Además, puedo añadir o retirar información; manipularlos, en definitiva. Pronto tendremos un poderoso aliado y entonces estaremos en condiciones de enfrentarnos a los sindicatos mineros.

—Espero que todo salga bien. Es una maniobra arriesgada y no sé cómo va a reaccionar el asiático cuando descubra quién soy —añadió Víctor contemplando las imágenes de la catástrofe.

De alguna forma, estaba vengándose de los que dejaron morir a su padre entre terribles dolores; pero, sin embargo, él no aprobaría eso.

—Es un hombre ambicioso y odia a todos los que no son de La Federación —continuó Kent, sacando al Duque de sus cavilaciones—. Verá en ti a un aliado, un instrumento para vengar a su patria y, de paso, recuperar su puesto como director general del Centro de Inteligencia Federal.

—Esperaremos entonces. Ahora que me empiezo a mostrar públicamente, me reconocerá y tratará de contactar conmigo. Le diré que me asusté después de mi fracaso y que por eso me oculté en el Cinturón. Además, es la verdad.

—Debemos trasladar aquí nuestro cuartel general, mis laboratorios y mis investigaciones —sugirió Kent mientras acercaba su robótico cuerpo a la mesa central y se dibujaba sobre ella un mapa del Cinturón de Asteroides—. La base de La Federación que custodia Ceres nos protegerá. Aquí seremos intocables y, desde el asteroide, podremos seguir hostigando a los clanes mineros cercanos.

—Estoy de acuerdo contigo —interrumpió Víctor, aunque una punzada de nostalgia recorrió su ser.

Se trataba del asteroide que habían arrebatado a Patch Mountain, un antiguo y famoso rebelde que había combatido a La Federación décadas atrás. Hizo memoria y calculó que ya habían pasado cinco años desde aquel día en el que cayeron en aquella trampa, cuando perseguían al capitán Paulsen y a su tripulación tratando de arrebatarles la «Singularidad».

—Debemos aprovecharnos de la división existente entre los sindicatos mineros. Intervendremos en sus luchas, los manipularemos. Tarde o temprano, se unirán contra nosotros, así que tendremos que fortalecernos.

—Lo haremos. En breve podremos cobrar aranceles a los mineros. Este es el único puerto espacial que une La Federación con el Cinturón de Asteroides.

—Sí, pero… ¿por qué estás tan seguro de que La Federación nos lo permitirá? —preguntó el Duque.

—Tendremos que prometerles que, cuando consigamos derrotar y someter a los mineros, podrán explotar los asteroides. Convenceremos a las grandes corporaciones, que son, en realidad, las que ostentan el auténtico poder. Después les permitiremos entrar, pero les iremos subiendo los impuestos de forma paulatina…

—Sí. Cuando su opinión pública piense que hemos instaurado un estado de derecho, seremos intocables…

—Exacto. Seguiremos el plan y lo iremos adaptando a la situación según nos convenga.

Víctor miró al robot. Era una máquina endiabladamente inteligente. No debía fiarse. Seguro que tenía planes que no compartía con él. Además, estaban los experimentos que realizaba en su laboratorio. Sabía que buscaba la forma de convertirse en humano. ¿Qué ocurriría si lo consiguiese? Un escalofrío recorrió su espina dorsal, y la sensación de haber pactado con el diablo lo invadió de nuevo, como era habitual cada vez que hablaba con Kent…

✦ ✦ ✦

El doctor Arser lloraba en su camarote cuando el robot entró. Kent lo miró y activó los neuro-implantes que él mismo había diseñado e insertado en el cerebro del científico. Nicanor se dejó llevar por la dopamina que generaban los nanobots y por la ilusión que la inteligencia artificial estaba generando en su córtex frontal.

Instantes después se encontraba desnudo en la superficie de Titán. Se bañaba en uno de los múltiples lagos de metano del satélite de Saturno, con el gigante gaseoso opacando el cielo anaranjado de su atmósfera. Kent, o la representación que la máquina usaba siempre en todas sus ilusiones, se acercaba enseñando toda su anatomía. Alto, musculoso, rubio y de ojos celestes, entró en el oscuro líquido con el porte y la seguridad de un dios griego mostrando su virilidad en su máximo apogeo. Abrazó a Nicanor mientras le daba un lujurioso beso. Este reaccionó con pasión y se dejó llevar por la fogosidad de su amante. Tras una extenuante media hora, Nicanor descansaba con la mejilla apoyada en el poderoso bíceps de su amante. Sus cuerpos se hundían en el lodo del satélite y el metano líquido acariciaba sus pies.

—¡Es tan real! —dijo Nicanor rompiendo el silencio—. Realmente parece que estamos en Titán, aunque, si fuera cierto, moriríamos congelados en un instante o envenenados por este aire. A mí me encantaba pasear por su superficie, perderme por sus dunas enfundado en el traje de vacío.

—Algún día lo haremos, te lo prometo. Estamos avanzando mucho con la investigación del cuerpo. Pronto estaremos en condiciones de crear uno para mí y, entonces, transferiré mi conciencia —añadió Kent apretándole el hombro e incorporándose para besarlo—. Tengo ganas de sentirte en el mundo real. Cuando traslademos nuestros laboratorios aquí, será más fácil…

—¿Realmente ha sido necesario? ¿Todas esas muertes? —preguntó Nicanor Arser rechazando con suavidad los labios de Kent y cambiando de tema.

—Sabes que sí —contestó la inteligencia artificial mirándolo con seriedad—. Necesitamos a La Federación. Ha sido un sacrificio necesario, pero piensa en las vidas que vamos a salvar, en los jóvenes y niños a los que les daremos la oportunidad de convertirse en seres con dignidad.

—Creo que eres demasiado frío. No sé hasta qué punto tienes sentimientos…

—¿Sentimientos dices? Ahora me estás ofendiendo. ¿Tú también piensas que solo soy una máquina? ¿Acaso olvidas que es mi parte biológica la que me permite tener conciencia? La que te ama… —Kent se incorporó de un salto y se alejó unos metros chapoteando cabizbajo en el lodo titaniano.

—Lo siento, perdóname. —El científico lo abrazó por detrás, apoyando su mejilla en la musculosa espalda—. Ya sé que es una estupidez y que aún no te he dicho nada, pero me puse celoso cuando insertaste los neuro-implantes en los soldados.

—No me digas… pero… ¿por qué?

—Pensé que tal vez podías compartir momentos como este con alguno de ellos.

Kent se giró y rodeó el rostro de su amante con sus manos, obligándolo a mirarlo a los ojos.

—No me explico ese razonamiento. Es absurdo. Sabes que solo son implantes militares. Les ayuda a adquirir conocimientos de combate más rápido. También actúan sobre los centros del dolor, el miedo, la agresividad, la fidelidad… Son soldados excelentes y lo comprobaremos.

—También te permite manipularlos…

—¿Y qué hay de negativo en eso? Hace unos meses eran unos seres sin futuro, sin esperanza. Ahora, en cambio, están bien alimentados, tienen un objetivo, alguien a quien servir. Y no olvides que nos protegerán: lo tienen grabado.

Nicanor se abrazó al poderoso y cálido cuerpo de Kent. Admiró el maravilloso paisaje, las dunas, la neblina anaranjada, Saturno y sus anillos… Pensó que había demasiada luz. Si realmente estuviesen en Titán, necesitarían utilizar visión infrarroja para poder visualizarlo todo, pero no le importó. Repasó su vida hasta ese momento. ¿Qué hacía él amando a la primera inteligencia artificial de la historia? ¿Trabajando con unos piratas y con mercenarios terrícolas? ¿Buscando dominar Ceres y el Cinturón de Asteroides? Se sintió el personaje de una novela y un pionero. ¿Entendería la sociedad su amor? Recordó que aún existían lugares donde la homosexualidad estaba mal vista, incluso penada con la cárcel o la muerte. Aunque lo suyo era distinto, una relación humano-máquina y, además, gay… Las dudas le asaltaron. Kent estaba basado en el cerebro de Kenneth Jeringan, el padre de Owen, así que llamarlo máquina no era correcto… No, no era un ente artificial; su conciencia estaba basada en una mente biológica. Alejó esos pensamientos. En realidad, nunca había sido tan feliz. Sus compañeros, aunque hacían gala de unos rudos modales, lo trataban con respeto y estaba integrado en el grupo.

✦ ✦ ✦

Wang Lee caminaba por su apartamento mientras releía el mensaje enviado por el equipo forense. El informe confirmaba sus sospechas: un atentado suicida. Tan solo había dormido tres horas, pero volvería a la oficina. Quedaba revisar las cámaras e identificar al terrorista. Estaba seguro de que pronto daría con los responsables. Tal vez, esa desgracia podría llegar a beneficiarlo. En las últimas horas había charlado con consejeros presidenciales y con el secretario de defensa. Este último le había otorgado acceso de nivel 9 a los archivos del CIF.

Encendió su computadora y, tras introducir su clave personal, solicitó los últimos informes del Cinturón de Asteroides: hablaban de un cambio en los equilibrios de poder. Un tipo de origen desconocido que se hacía llamar «El Duque» había conseguido hacerse con el control del mercado negro y generaba tensiones entre los sindicatos mineros. Wang leyó rápidamente varios informes hasta que una imagen llamó su atención. Era una foto de baja calidad del nuevo capo mafioso. Apenas se difuminaba el rostro, pero lo reconoció al instante. Era inconfundible. Se quedó helado y un sinfín de sentimientos ambivalentes se apoderaron de su mente…

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