
Ficha de autor
Mary Shelley
Biografía breve
Mary Shelley: la mujer que dio vida a Frankenstein
Nombre completo: Mary Wollstonecraft Shelley.
Nacimiento: 30 de agosto de 1797, Londres.
Fallecimiento: 1 de febrero de 1851, Londres.
Nacionalidad: Británica.
Obras más conocidas: Frankenstein o el moderno Prometeo, El último hombre, Valperga, Lodore y Falkner.
Tiempo estimado de lectura: 10-15 minutos.
Mucho más que la autora de Frankenstein
Mary Shelley ocupa un lugar extraño y privilegiado en la historia de la literatura. Casi todo el mundo conoce a Frankenstein, aunque no siempre sepa que Frankenstein es el científico y no la criatura, pero durante mucho tiempo fueron muchos menos quienes conocieron de verdad a la mujer que escribió la novela. Su biografía quedó atrapada entre dos hombres célebres: su padre, el filósofo político William Godwin, y su marido, el poeta romántico Percy Bysshe Shelley. También quedó eclipsada por la fuerza descomunal de su propia creación, una de esas pocas ficciones que han escapado de las páginas para instalarse en el imaginario colectivo.
Sin embargo, Mary Shelley no fue una joven afortunada que tuvo una idea brillante durante una noche de tormenta y vivió después a la sombra de un poeta. Fue una escritora profesional, una intelectual formada en uno de los ambientes más radicales de su tiempo, una editora decisiva para la conservación de la obra de Percy Shelley y una mujer que convirtió una existencia marcada por la muerte, el escándalo y la precariedad en una producción literaria mucho más amplia de lo que suele recordarse. Si Frankenstein nació de una pesadilla, la escritora que lo creó se construyó a sí misma a plena luz del día, con una disciplina y una resistencia extraordinarias.
Hija de dos revolucionarios
Mary nació en Londres el 30 de agosto de 1797. Era hija de dos figuras fundamentales del pensamiento radical británico. Su madre, Mary Wollstonecraft, había defendido la educación y la independencia de las mujeres en Vindicación de los derechos de la mujer, una obra publicada en 1792 que hoy se considera uno de los textos fundacionales del feminismo moderno. Su padre, William Godwin, era filósofo, novelista y autor de Investigación acerca de la justicia política, donde cuestionaba el poder, la propiedad, las instituciones y las desigualdades de la sociedad. Mary llegó al mundo, por tanto, en una casa en la que las ideas no eran un adorno: podían desafiar gobiernos, religiones, matrimonios y reputaciones.
El comienzo de su vida fue también su primera tragedia. Mary Wollstonecraft murió once días después del parto a causa de una infección. La niña creció sin haber conocido a su madre, pero rodeada por su memoria. Leyó sus libros, visitó su tumba y aprendió a verla como una presencia intelectual y moral. Esa ausencia tuvo un peso difícil de medir, aunque resulta imposible no advertir en la obra posterior de Mary Shelley la insistencia de ciertos temas: la creación de vida, la pérdida de la madre, la responsabilidad hacia los hijos y las consecuencias del abandono.
William Godwin se ocupó de la educación de Mary y de su hermanastra Fanny Imlay, hija de una relación anterior de Wollstonecraft. No les proporcionó una enseñanza convencional, pero la casa de Godwin era una escuela bastante más estimulante que muchas aulas. Por ella pasaban escritores, científicos, filósofos y políticos; allí se conversaba sobre literatura, historia, educación y reforma social. Mary tuvo acceso a una amplia biblioteca, escuchó discusiones reservadas habitualmente a los adultos y recibió el estímulo de un padre que reconocía su inteligencia, aunque su relación llegaría a ser complicada. No fue educada para aceptar el mundo sin hacer preguntas, y ese aprendizaje se nota en cada conflicto importante de Frankenstein.
Una infancia menos idílica de lo que parece
En 1801 Godwin se casó con Mary Jane Clairmont, una mujer con dos hijos propios. La nueva familia fue numerosa, inestable y acosada a menudo por las deudas. Mary no mantuvo una relación fácil con su madrastra, a quien percibió como una rival y de quien nunca recibió el afecto que esperaba. La convivencia alimentó su sensación de aislamiento, pero también su tendencia a refugiarse en la lectura y la imaginación. Desde muy joven escribió historias y mostró una intensa conciencia de pertenecer a una estirpe intelectual extraordinaria. Aquello era un privilegio, sin duda, aunque también una carga: ser hija de Wollstonecraft y Godwin significaba crecer bajo la mirada de dos gigantes, uno de ellos convertido ya en leyenda.
Durante su adolescencia pasó temporadas en Escocia con la familia Baxter, amigos de su padre. Los paisajes de Dundee y sus alrededores le ofrecieron una libertad que no encontraba en la casa londinense. Mary recordaría aquellos lugares como espacios en los que su imaginación pudo desarrollarse sin tantas restricciones. La naturaleza, contemplada como belleza sublime pero también como fuerza indiferente y amenazadora, tendría después una presencia esencial en sus novelas. En Frankenstein, los Alpes, los glaciares y los mares helados no son un simple decorado: reflejan la ambición, la soledad y el desamparo de los personajes.
Percy Shelley: amor, rebeldía y escándalo
Percy Bysshe Shelley apareció en la vida de Mary como admirador y discípulo de William Godwin. Era un joven aristócrata, poeta, ateo declarado y defensor de ideas políticas radicales. También estaba casado y tenía hijos. Mary tenía dieciséis años cuando inició con él una relación sentimental. En julio de 1814 ambos huyeron al continente acompañados por Claire Clairmont, hermanastra de Mary. Recorrieron Francia, Suiza y Alemania con poco dinero y una confianza casi romántica —en todos los sentidos de la palabra— en que la libertad individual bastaría para resolver los problemas materiales y morales. La realidad tardó poco en presentar la factura.
Al regresar a Inglaterra encontraron rechazo social, dificultades económicas y la hostilidad de Godwin, cuyas ideas favorables al amor libre resultaron más incómodas cuando dejaron de ser teoría y afectaron a su propia hija. Mary quedó embarazada y en febrero de 1815 dio a luz prematuramente a una niña que murió pocos días después. La pérdida la sumió en una profunda tristeza y dejó en su diario el deseo obsesivo de que la criatura pudiera volver a la vida. La conexión con Frankenstein resulta tentadora, aunque conviene no convertir la novela en una ecuación biográfica demasiado sencilla. Mary no escribió únicamente desde el duelo, pero sabía por experiencia que crear vida y perderla podían ser dos caras de un mismo terror.
En enero de 1816 nació William, su segundo hijo. Mary parecía recuperar cierta estabilidad, pero aquel año iba a concentrar algunos de los episodios más célebres y más dolorosos de su existencia. La historia literaria suele recordarlo por una reunión junto al lago Lemán; la historia personal de Mary obliga a recordar también los suicidios y las pérdidas que lo cerraron.
El verano en que nació un monstruo
En el verano de 1816 Mary, Percy y Claire viajaron a Suiza, donde se reunieron con lord Byron y con el médico y escritor John William Polidori. Claire mantenía una relación con Byron y estaba embarazada de él. El grupo pasó buena parte del tiempo cerca del lago Lemán, entre conversaciones sobre poesía, filosofía, experimentos científicos y la posibilidad de devolver la vida a la materia muerta. El mal tiempo —1816 sería recordado como «el año sin verano» debido a las alteraciones climáticas provocadas por la erupción del volcán Tambora— los obligó a permanecer muchas horas bajo techo. Byron propuso entonces que cada uno escribiera una historia de fantasmas.
Mary tardó varios días en encontrar una idea. Finalmente tuvo una visión nocturna: un estudiante arrodillado junto al ser que había construido y horrorizado al verlo cobrar vida. Aquella imagen contenía ya el corazón de Frankenstein: no el milagro de la creación, sino el espanto del creador ante su propia obra. Lo que comenzó como un relato breve creció con el estímulo de Percy hasta convertirse en una novela. Mary tenía dieciocho años. La juventud de la autora sigue resultando asombrosa, pero no debería utilizarse para presentar el libro como una casualidad inexplicable. Detrás de aquella muchacha estaban las lecturas de toda una vida, las discusiones políticas de la casa de Godwin, el pensamiento de Wollstonecraft, la ciencia de su época, la tradición gótica y una experiencia muy temprana del amor, la maternidad y la muerte.
Un año de muertes y un matrimonio
El regreso a Inglaterra estuvo marcado por dos suicidios. En octubre de 1816 murió Fanny Imlay, hermanastra de Mary, y en diciembre apareció ahogada Harriet Westbrook, la esposa de Percy Shelley. Poco después, el 30 de diciembre, Mary y Percy contrajeron matrimonio. La boda buscaba regularizar su situación y facilitar la reconciliación con Godwin, pero no podía borrar las heridas de los años anteriores. La vida de Mary acumulaba ya una cantidad de pérdidas difícilmente imaginable para alguien que aún no había cumplido veinte años.
Frankenstein o el moderno Prometeo se publicó de forma anónima a comienzos de 1818. La primera edición incluía un prólogo firmado por Percy Shelley y estaba dedicada a William Godwin, circunstancias que contribuyeron a que algunos lectores atribuyeran la novela a Percy. Cuando se conoció la identidad de la autora, una parte de la crítica juzgó el libro con la condescendencia y el prejuicio reservados a las mujeres que se adentraban en terrenos intelectuales considerados masculinos. Los manuscritos muestran que Percy realizó correcciones y sugerencias editoriales, una práctica habitual entre escritores que compartían su trabajo, pero la concepción, la estructura y la escritura de la novela pertenecen a Mary. La vieja tentación de regalar al marido la genialidad de la esposa ha sobrevivido demasiado tiempo.
Italia: belleza, creación y pérdida
En 1818 los Shelley abandonaron Inglaterra y se instalaron en Italia. Durante los años siguientes vivieron en distintas ciudades, entre ellas Venecia, Roma, Florencia, Pisa y Lerici. Italia ofreció a Mary paisajes, arte y una comunidad de amistades intelectuales, pero fue también el escenario de nuevas tragedias. Su hija Clara murió en 1818 y su hijo William en 1819. De los cuatro hijos que Mary tuvo con Percy, solo Percy Florence Shelley, nacido en noviembre de 1819, llegaría a la edad adulta. La repetición de la pérdida agravó las depresiones de Mary y tensó su matrimonio. Percy se refugiaba con frecuencia en otros afectos y proyectos; Mary, sin dejar de amarlo, se sentía cada vez más sola.
A pesar del dolor, aquellos años fueron literariamente fecundos. Mary escribió Mathilda, una novela de fuerte intensidad psicológica que no se publicaría durante su vida, y trabajó en Valperga, una ambiciosa narración histórica ambientada en la Italia medieval. También llevó diarios, escribió relatos, leyó de manera sistemática y participó activamente en la vida intelectual del círculo de Percy. No fue una mera acompañante del poeta. Ambos compartían lecturas, se corregían, debatían y desarrollaban sus obras dentro de una relación creativa compleja, desigual en algunos aspectos, pero decisiva para los dos.
El 8 de julio de 1822 Percy Shelley murió ahogado cuando su embarcación naufragó frente a la costa italiana. Tenía veintinueve años. Mary, viuda a los veinticuatro, quedó a cargo de su hijo y con una situación económica incierta. La imagen romántica del poeta muerto en el mar ha tendido a cerrar la historia como si la vida importante de Mary terminara allí. En realidad, todavía le quedaban casi tres décadas de trabajo.
Regresar a Inglaterra y vivir de la escritura
Mary volvió a Inglaterra en 1823. Desde entonces tuvo que navegar entre la necesidad de mantener a su hijo, las restricciones impuestas por su suegro, sir Timothy Shelley, y las limitaciones que sufría una mujer dedicada profesionalmente a las letras. Escribió novelas, cuentos, ensayos biográficos, reseñas y libros de viajes. Aceptó encargos editoriales y publicó en revistas y anuarios. No siempre podía firmar libremente ni elegir las condiciones de su trabajo, pero consiguió sostener una carrera literaria durante años, algo que no encaja demasiado bien con el retrato pasivo que se hizo de ella después.
En 1826 publicó El último hombre, una novela apocalíptica que narra la destrucción progresiva de la humanidad por una pandemia. El libro desconcertó a muchos lectores de su tiempo, pero ha ganado relevancia con los años por su combinación de ciencia ficción, reflexión política, soledad y catástrofe global. Le siguieron, entre otras obras, Las fortunas de Perkin Warbeck, Lodore y Falkner. Sus novelas examinan el poder, la familia, la responsabilidad moral, la educación y la posición vulnerable de las mujeres dentro de las estructuras sociales. No alcanzaron la popularidad de Frankenstein, pero demuestran que Mary Shelley no fue autora de un solo fogonazo.
También dedicó una parte enorme de sus esfuerzos a editar y preservar la poesía de Percy Shelley. Reunió textos, preparó ediciones y añadió notas biográficas que ayudaron a construir la reputación póstuma del poeta. Tuvo que hacerlo con cautela para no provocar a sir Timothy, contrario a que se publicara una biografía completa de su hijo. Durante mucho tiempo, esta tarea se interpretó como la devoción de una viuda antes que como lo que también fue: un trabajo editorial de primer orden. Sin Mary, la transmisión de la obra de Percy habría sido mucho más incompleta.
La edición de 1831 y la construcción de una leyenda
El nombre de Mary ya había aparecido en la segunda edición de la novela, publicada en 1823. En 1831 preparó una nueva versión de Frankenstein con cambios importantes y una introducción en la que relataba el célebre verano de 1816. Esa edición, más accesible y durante mucho tiempo más difundida, reforzó algunos elementos relacionados con el destino y suavizó otros aspectos políticos y filosóficos de la versión original. Las diferencias entre los textos de 1818 y 1831 siguen generando debate: la primera edición suele parecer más radical y cercana a la joven Mary; la segunda refleja a una autora madura, marcada por las pérdidas y por años de presión social.
La introducción de 1831 contribuyó además a fijar la imagen de una muchacha que recibe en sueños la visita repentina de su monstruo. La escena es magnífica y procede de la propia Mary, pero puede resultar engañosa si se separa de todo lo que vino antes y después. Las grandes obras rara vez aparecen completas por generación espontánea, ni siquiera cuando hablan de generar vida. La pesadilla proporcionó la chispa; Mary Shelley aportó la cultura, la inteligencia y el trabajo necesarios para convertirla en literatura.
Los últimos años
Mary concentró buena parte de sus esperanzas en Percy Florence, su único hijo superviviente. Cuando este heredó finalmente el título y las propiedades familiares, la situación económica de ambos mejoró. Mary pudo viajar por Europa con él y con algunos amigos, experiencia que recogió en sus escritos de viajes. También mantuvo amistades intensas y una amplia red de relaciones literarias, aunque fue muy cuidadosa con su vida privada. Había aprendido, a un precio elevado, el daño que podían causar el escándalo y la vigilancia social.
Su salud empeoró durante la década de 1840. Sufría dolores de cabeza, episodios de parálisis y dificultades para leer y escribir. Murió en Londres el 1 de febrero de 1851, a los cincuenta y tres años, probablemente a consecuencia de un tumor cerebral. Fue enterrada en Bournemouth. Tras su muerte se encontraron entre sus pertenencias recuerdos de Percy: mechones de cabello y fragmentos asociados a las cenizas del poeta. El detalle ha alimentado la leyenda romántica, aunque su vida merece algo más que quedar reducida a reliquias sentimentales.
Una autora recuperada de la sombra
Durante décadas, Mary Shelley fue presentada principalmente como la hija de Wollstonecraft, la esposa de Percy y la autora casi accidental de Frankenstein. La crítica posterior, especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, comenzó a estudiar con mayor atención el conjunto de su obra, sus diarios, sus cartas y su labor editorial. Surgió entonces una figura mucho más rica: una escritora que dialogó con las revoluciones políticas y científicas de su tiempo, que exploró las contradicciones del romanticismo y que convirtió la experiencia femenina —la maternidad, la pérdida, la dependencia económica, la educación y la exclusión— en materia literaria de alcance universal.
Su vida contiene todos los ingredientes con los que suele fabricarse una leyenda: padres revolucionarios, amores prohibidos, viajes, poetas, suicidios, tormentas, muertes infantiles y un cadáver rescatado del mar. Pero lo verdaderamente extraordinario no es la sucesión de desgracias, sino lo que Mary hizo con ellas. No se limitó a sobrevivir ni a custodiar la memoria de otros. Escribió sobre el creador que abandona a su criatura, imaginó una humanidad barrida por una epidemia, examinó el poder y la culpa y abrió caminos para la novela gótica y la ciencia ficción. La criatura de Frankenstein terminó escapando del control de su creador; la obra de Mary Shelley, por fortuna, también escapó del pequeño lugar que su época había reservado a las mujeres.
Qué deberías recordar de Mary Shelley
- Fue hija de Mary Wollstonecraft y William Godwin, dos de las figuras más radicales del pensamiento británico de finales del siglo XVIII.
- Comenzó a escribir Frankenstein con dieciocho años durante el verano de 1816 junto al lago Lemán.
- La novela se publicó anónimamente en 1818, apareció firmada por Mary Shelley en 1823 y fue profundamente revisada por la autora en 1831.
- Su vida estuvo marcada por la muerte de su madre, de tres de sus hijos y de su marido, Percy Bysshe Shelley.
- Fue novelista, cuentista, ensayista, autora de libros de viajes y editora decisiva de la obra de Percy Shelley.
- El último hombre, publicada en 1826, confirma que su imaginación fue mucho más allá de Frankenstein.
- Hoy se la reconoce como una autora fundamental del Romanticismo y como una de las grandes precursoras de la ciencia ficción.
El siguiente paso: Frankenstein
Conocer la vida de Mary Shelley permite leer Frankenstein de otra manera. La novela no es únicamente una historia de terror sobre un científico que fabrica un monstruo, sino una reflexión sobre la creación, la educación, el abandono, la ambición y la responsabilidad. Victor Frankenstein no fracasa porque consiga dar vida a la materia, sino porque huye ante el ser que ha creado. En esa diferencia se encuentra buena parte de la modernidad de la obra y también la razón por la que continúa interpelándonos más de dos siglos después.